Hace un año…

En una nota más personal, te participo que en días recientes fue cumpleaños de mi hijo menor. Y no pudimos evitar recordar el festejo del año pasado. Pero con esos recuerdos, vino a mi mente una reflexión que quiero compartir contigo: cuán fácil damos por hecho tantas cosas.

Además del tradicional frío invernal, en enero del 2020 veíamos ya con preocupación algunas señales de contracción económica, ciertas dinámicas negativas en el empleo y algunos comportamientos que comenzaban a ahuyentar la inversión. Pero a pesar de ello, en México los empresarios arrancábamos el año con nuevos bríos, buscando alternativas de diversificación, incursionando en nuevos mercados. Tal vez anhelábamos ya cerrar esas operaciones o proyectos en los que veníamos trabajando desde noviembre o diciembre. Deseábamos ver tal vez con esperanza la campaña electoral que podría poner fin a la era Trump a finales de ese año y las ascuas sobre la entrada en vigor del TMEC a mediados del mismo eran importantes entre los jugadores del sector empresarial e industrial.

Pero como te decía en la introducción, el artículo sería más personal. Así que aquí voy:

Entre enero y febrero, yo solía recorrer el país impartiendo conferencias sobre cómo veía la economía y nuestro sector inmobiliario. Veía a mis clientes, comía o desayunaba con ellos. Nos estrechábamos la mano, besábamos las mejillas, tocábamos nuestro hombro. En aquel tiempo transmitías gratitud y aprecio con tu mirada y recibías la sonrisa del otro como intercambio.

Después de agradecer a mi equipo de trabajo en una fiesta en diciembre, todos tomábamos un descanso y en enero nos reuníamos largas horas para planear el año. En esas reuniones, no sin uno que otro desencuentro, algunos manifestaban alegrías, otros temores y todos nos alentábamos con miradas y gestos. En los descansos bromeábamos y platicábamos sobre nuestras cosas personales, nos hacíamos preguntas, manifestábamos interés los unos por los otros y disfrutábamos de la simple presencia de los colegas.

En enero de 2020, mis hijos iban a su escuela, entrenaban baloncesto en el equipo de la Ciudad de México. Salíamos a comer y planeábamos el destino de nuestras vacaciones de verano. Los museos, los conciertos y los parques familiares eran nuestro pasatiempo de fin de semana. Mi esposa y yo aprevechábamos alguna oportunidad para tomar tiempo de pareja y asistir a algún evento o cenar juntos en algún buen lugar, mientras mis hijos pasaban la noche con alguno de sus abuelos.

En ese mes del año pasado, mi padre vivía, veíamos los rostros de nuestros amigos y familiares, disfrutábamos de sus miradas y sonrisas. Abrazábamos, besábamos, convivíamos. Y por más redundante que parezca, la presencia humana estaba presente.

Pero unas semanas más tarde, todo cambió.

No hablaré del virus ni imprimiré un enfoque negativo en estas líneas, pues la situación que vivimos desde marzo, sólo debe traer aprendizaje. Y el aprendizaje debe traer gratitud. Y la gratitud reflexión.

Y la reflexión es ésta: enero del 2020 era tan diferente, pero quizás todo lo dábamos por hecho. En mayor o menor medida, todo lo descrito acá era parte de nuestra vida, y tal vez nunca nos tomamos el tiempo para agradecerlo y valorarlo. Hoy lo trivial de un apretón de manos, lo cotidiano de una junta de trabajo o lo rutinario del tiempo de oficina serían una bocanada de aire fresco. Si bien, los tiempos que vivimos son difíciles, hoy en mi vida y en la tuya, sin duda hay cosas que agradecer y valorar. Hay personas que nos rodean y nos aman, hay amigos que nos extrañan, hay lugares que nos esperan. El mundo cambió, pero nuestra esencia no.

Por lo tanto, te pido sólo dos cosas: cuídate y reinvéntate para que, cuando la situación lo permita, nos volvamos a abrazar.



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